Verlaine, como decíamos, se lleva toda la música, y la poesía empieza a ser un juego de imágenes, un naipe cubista de metáforas. ¿Dónde está el lirismo, en el sonido o en la plástica, en el hacernos oír o en el hacernos ver? A nuestro siglo, que viene a morir a las traseras de nuestra casa como un elefante de piedra olvidado de la selva, le ha faltado mucha música en la poesía, pero en cambio nos ha enriquecido los gozos de la vista con muchachas tan hermosas que no sabían hablar, como las de Huidobro, «tus ojos eran verdes pero yo me alejaba», las gruesas serpientes que dibujan su pregunta, como los cisnes de Rubén, tan leído por Aleixandre, y esas fuentes de París donde «los líquidos sonríen a los niños». Hay siglos —digámoslo ahora que ya no nos oye— para la música de Eric Satie o Moreas, pero de ningún modo ha sido un siglo ciego, sino que ha creado la mejor imaginería de todos los tiempos, desde los mares de Saint John Perse a las tierras baldías de Eliot.
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Ahí queda su libro censurado, mancillado por los críticos y los jueces, mutilado e inmortal, como un puñado de hojas que el otoño ha reunido en el Luxemburgo. Hoy ese libro se estudia en todos los colegios de Francia y en todas las universidades del mundo. Las capitulares de Las flores del mal son los gatos escépticos y monologantes que ilustraron su soledad, los gatos que se pasean por los aleros del libro como por el tejado del suicida cuya vida no fue sino un largo suicidio. Había comprendido que no se puede «ser sublime sin interrupción». Pero Baudelaire, padre de la modernidad, sí es leído sin interrupción.
En una cita con Gautier, para almorzar en un restaurante de moda, Baudelaire se presenta con el pelo pintado de verde. Sin duda piensa epatar a su amigo y al público en general. Pero transcurre el almuerzo, hablan de cosas y Gautier no da signos de asombro ni de sorpresa:
—Pero ¿tú me has mirado bien, no me notas nada en la cabeza?
—No, la verdad.
—Llevo el pelo verde.
—Ah, bueno, como todo el mundo. Está de moda en París.
Gautier, amigo íntimo de Baudelaire (a él está dedicado el libro Las flores del mal, con elogios excesivos, por cierto), conoce bien al poeta y sus cosas, y no está dispuesto a dejarse epatar una vez más. ¿Por qué tenía Baudelaire, además de su grandeza poética, o quizá pese a ella, esa necesidad de sorprender, de asombrar, de ser diferente?
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