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Mi amigo Rafael Alberti me decía que el arte popular no existe, que sólo es la ceniza de algo minoritario y exquisito que se ha perdido.

—Pero eso, Rafael, va contra tu credo comunista, estás negando al pueblo y su capacidad creadora.

—Estoy hablando, simplemente, de los orígenes del flamenco y el jondo, y de eso sé más que tú.


Felipe siempre ha sabido crear titulares para esta sociedad de la información, pero la frase de un triunfador no suena igual que la de un vencido, aunque sea la misma frase. Y todo lo que a González se le habría celebrado y traducido cuando era el hombre-Estado, hoy suena a blasfemia de marginal voluntario, de monologante errático que tiene algo de rey loco de Shakespeare, pero sin la belleza verbal shakesperiana. Y lo que no se entiende —ay—, al menos debe sonar bien.


Con este resumen de la inmigración intelectual llegamos a una conclusión o corolario: del exilio, los buenos eran los de siempre, los que ya sabíamos: Juan Ramón y el 27, Ramón y pocos más. El resto fue creación de la distancia y la nostalgia, referencia erudita, nada. Franco fue criminal con ellos, pero se murieron con el corazón oxidado, como quizá habían vivido desde que tuvieron que huir de España. En un país republicano, democrático y europeo, en una España tranquila y moderna, habrían sido mediocridades. La Historia les hizo un favor irónico al darles una dimensión simbólica que luego no sostenían. En un verso de Aleixandre, que se quedó, hay más grandeza, actualidad, telurismo, creación y lenguaje que en todo el exilio “oficial”. Esto es cruel de decir, pero ya está dicho.


Isabel podría dar mucho juego en otros ministerios, pero ha demostrado que no tiene sensibilidad para el canto de las aves, para la gracia de los flamencos, para la bizarría del oso y el bucardo, para la leyenda de los bosques asturianos o para la vida de las aves de caza. El ministro que suprima en España la caza y los toros debe ascender inmediatamente a presidente del Gobierno. Pero nadie lo hace porque es «impopular». En España se gobierna mucho de acuerdo con lo popular y lo impopular. Más que las leyes, los ministros y los concejales tienen en cuenta la popularidad/impopularidad de un tema:

—¿Por qué no prohíbe usted que tiren la cabra?
—No sería popular…

Y con esto creen cumplir con una democracia natural que no es sino demagogia. Los ministros de Carlos III que quisieron ir contra lo popular —el chambergo, Esquilache— se jugaron el cargo y la vida.