Mostrando entradas con la etiqueta Los alucinados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los alucinados. Mostrar todas las entradas
Se ha dicho que Castilla hace sus hombres y los gasta. Es una frase de rudeza y simplismo militar. Lo que ocurre, más bien, es que España es una gran desperdiciadora de hombres. A España le nacen los hombres (que tampoco los hace, sino que, en todo caso, los deshace). Y no los gasta, sino que los derrocha.

El Gran Capitán es, ante todo, un gran derrochado.

A Quevedo se le derrocha en intrigas de condottiero o se le usa como preso, en San Marcos de León.

¿No había otra joya que guardar en el estuche arquitectónico de San Marcos que el gran barroco Francisco de Quevedo? Nuestro siglo derrocha a Unamuno en una cátedra de provincias. Derrocha a Machado en institutos intransitables. Derrocha a Valle-Inclán desgastándole de hambre. Derrocha a Ortega y D’Ors en el periodismo.

No es que no salga nada. Es que todo lo derrochamos.

Me llevó a conocerle personalmente Ramón de Garciasol, a su despacho. Y Luis me deslumbró porque yo no esperaba que me deslumbrase. Le entregué un cuento para su revista, pero el cuento ya era lo de menos. El caso es que Rosales tenía unos ojos azules de león con los ojos azules.

Hablaba lento, profundo, distraído, amistoso, como si fuésemos amigos de toda la vida. Luego comprendí que él seguía su eterna conversación barroca y lúcida sobre todo y sobre nada, sobre Dios, el hombre, la poesía, la muerte, América, Garcilaso, la mujer, todo eso, y yo no era sino un nuevo interlocutor viejo, el heredero de otros monólogos, una ocasión joven para seguir hablando.