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Galdós y Baroja hacen la novela sucesiva, en que las cosas van ocurriendo y siendo presentadas por su orden (más ocasional y perezoso en Baroja, más riguroso en Galdós).

Valle hace por primera vez la novela simultánea, en El ruedo ibérico, a la par, sí, de los norteamericanos, pero por intuición del jadeo de una ciudad, y no por mimetismos imposibles. Al escritor novel de la periferia que era yo, le indignaba que de Valle sólo funcionase el teatro, porque lo montaba Tamayo con Nati Mistral mostrando un seno franquista en el Bellas Artes, en tanto que los que iban todas las tardes a revolverle el café a Baroja le decían a uno que Valle sólo era un modernista/esteticista.

¿Se ha escrito en España la novela de la modernidad, si no es El ruedo ibérico? ¿Quién ha hecho el prodigio —los galdobarojianos menos que nadie, por supuesto— de convertir el cronicón del XIX en una de las grandes novelas de la modernidad, que abre caminos en España (caminos que nadie sigue) como Joyce o la Woolf en la literatura anglosajona, como Musil en la alemana, como Proust en la francesa? El simultaneísmo, la ausencia de protagonista (Joyce transmuta al héroe en antihéroe, pero viene a ser lo mismo), el sentido coral de la novela es algo tan moderno y vigente que los españoles aún no lo hemos entendido.


—¿Y usted qué quiere, joven?
—Hacerle una entrevista para provincias.
—Pepe Ortega ha escrito sobre la redención de las provincias. Las provincias no tienen redención.
(Es falso que don Ramón cecease: yo le he hecho algunas entrevistas, a más de esta que cuento, y no ceceaba nada: su ceceo ha quedado como la homosexualidad de Sócrates, en una hipótesis de trabajo para los que no quieren trabajar en serio.)
—Entonces ¿qué tienen que hacer las provincias, don Ramón?
—Incendiar Madrid.
(Aquello era toda una exclusiva y se iba a vender bien en provincias y en todas partes.)
—Baroja.
—El otro día lo he encontrado en la calle de Alcalá y venía del heraldólogo de recoger su árbol genealógico. No te jode el anarquista.
—Galdós.
—Una vez se paseaban Baroja y él por la periferia. Al llegar al límite del casco urbano, uno de ellos dijo: «Volvámonos, esto ya no es Madrid.»
—¿Cómo se llama esa figura, don Ramón?
El Ateneo era una mitología flotante de óleos del XIX y estatuas malas, como un naufragio en el mar del olor a sopa.
—Eso se llama provincianismo.
—Cuentan los cronicones que usted ha reventado estrenos teatrales de Galdós.
—Es un viejo que sólo mira la peseta. Tiene calculado lo que va a darle, en reales, cada Episodio nacional. La historia de España no se escribe a cuproníquel.
—En El Pardo hay un Tirano Banderas, don Ramón.
—Todo estaba previsto en el libro mío que usted ha citado, joven. Y en El ruedo ibérico, del que ya ha salido algo. Lea usted El ruedo ibérico, joven.