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Yo era el novel que había llegado de provincias con los riñones cargados de tipografía que había que ir repartiendo por los periódicos de la capital, yo era el pelo apaisado, las gafas escasas, la boca insegura, el traje indeciso, la corbata sucia, la camisa pobre y la vocación, la vocación, un conglomerado de injusticia y locuacidad, de rebeldía y gramática, para enfrentarse con el mundo.

Espejos tristes de pensión, armarios de madera sola, con el gran espejo abultado, desfigurado, enfermo, leproso, lleno de lágrimas duras, donde yo me veía fracasado de antemano, y una máquina de escribir prestada, que había venido en el metro, negra, como una bomba de relojería, en cajones de vino, con muchos transbordos, entre los obreros y las chicas olorosas, y que daba notas falsas, letras en blanco por donde se iba todo el aire de mi vida, el desaliento de la vocación. Trabajar a mano, con letra insegura, trabajar a máquina, con espacios en blanco, con huecos dentro de las palabras, y fabricar algo, construir día a día un absurdo de prosa y miedo, todo el sinsentido de la vocación, del oficio, qué afán de escribirlo todo, manuscribir el mundo, mecanografiar la vida, encenagar de palabras la celulosa, la materia virgen de los bosques y el sueño blanco de las mujeres.

Ibas para joven malvado, querías hacer la crónica de la vida airada sin haberla vivido y sentías (Baudelaire) que el estudio de la belleza es un duelo en que el artista grita siempre horrorizado antes de sucumbir.

Así las cosas, había llegado yo a Madrid para vivir todo eso, para fabricar libros mediante ese precipitado de obstinación e ignorancia que produce un tomo, mediante esa aleación de desencanto y frenesí que da una obra literaria, un volumen encuadernado, algo de la misma entidad física, más o menos, que una caja de puros llena o una caja de bombones mediada, y yo iba a dedicarme a la fabricación de cajas de bombones y de puros, iba a sumergirme en aquel clima de retrete, café con leche, muela picada y popularidad, respirando la halitosis de los genios y el olor a bodega de las bocas sagradas de la fama, y hacía siempre el mismo libro, ese que hace uno toda la vida, obsesivamente, inútilmente, desde el útero materno, y que seguirá haciendo, hilvanando, imaginando, más allá de la muerte, en el despachito apañado de la tumba. Pensiones de la Gran Vía y aledaños, con escaleras verticales, pederastas de cabaret, opositores y muchachas venéreas, pensiones del barrio de Salamanca, señoriales y decadentes, floreadas como el gran siglo, ricas en almohadones y empapelados, habitadas de húsares de acuarela, orlas, porcelanas esquilmadas, tresillos de cristal, alfombras sutilizadas y transparentadas por el tiempo, y una patrona señora y distante, enferma y maquillada, los chicos de las carreras técnicas gritando en el teléfono, las criadas, frescas y feas, duras y alegres, sacudiendo alfombras, friendo la pescadilla, cantando e invadiendo el viejo palacio con un viento popular, agreste y desnudo.